Reseña de ‘Septología’, de Jon Fosse

A comienzos de 2023, la directora editorial de la editorial De Conatus, Silvia Bardelás, me hablaba maravillas de la próxima publicación de la última entrega de cierta Septología, de un tal Jon Fosse. Nueve meses después, y aun sin haberme leído la magna obra en prosa de este autor noruego, la Academia sueca anunciaba que se le concedía el Premio Nobel de Literatura. Al menos, podía decir que a este sí lo conocía.

[Los mejores libros de 2023]

Fosse nació el 29 de septiembre de 1959 en Haugesund. Según cuenta Juan Arnau, en un espléndido reportaje-ensayo publicado en Babelia, él mismo cuenta que a los siete años tuvo una experiencia cercana a la muerte, y que aquello le llevo a tomar la decisión de escribir. Estudió Filosofía y Teoría del Lenguaje, algo que leyendo su Septología le pega mucho, claro.

En 1983, con 24 años, publicó su primera novela, titulada Rojo, negro. Su primera obra teatral, labor por la que es mejor conocido en el panorama literario, fue representada en 1994. En todos estos años ha escrito más de 25 obras de teatro, una docena de novelas, un par de libros de cuentos, cinco poemarios originales además de dos o tres antologías y un par de ensayos. Las características de su obra, su número y su variedad, parecen expresar el trabajo de un artista total. Un poco como el protagonista de Septología, trasunto en muchos aspectos de su autor.


Septología, de Jon Fosse

Septología

Autor: Jon Fosse

Traductoras: Cristina Gómez-Baggethum, Kirsti Baggethum

Editorial: De Conatus

Páginas: 788

Año de publicación: 2023


Si prefieres abordarlo en forma de etapas, puedes leer sus siete partes en los cuatro tomos de desigual extensión que se han ido publicando. Eso sí, que no te confunda el tercer libro porque aunque se titula Septología III contiene las partes III, IV y V, y por eso pasa en el cuarto libro a la Septología VI. La obra está traducida por Cristina Gómez Baggethum y Kirsti Baggethum. Si lo prefieres, puedes leer la obra en una versión compacta publicada inmediatamente después de la concesión del Nobel.

Septología, de Jon Fosse, es el relato de la vida de Asle, un pintor ya mayor que viaja por el pasado a través de su imaginación, en forma de flujo de su pensamiento. Desde su casa apartada en un pueblo de un fiordo noruego, el discurrir circular y repetitivo de su conciencia expone dos universos, el de su propio pasado y el del pasado de otro Asle, el protagonista de lo que podría haber sido otra versión de su vida. En el presente del Asle pintor, una vida sencilla llena de pequeñas rutinas y sin mucho que hacer, este se encuentra e interactúa con las versiones alternativas de él mismo y de otras personas de su vida y reflexiona sobre arte, sobre religión y sobre amor.

Abordando su sinopsis ya se percibe que el libro tiene elementos particulares en términos narrativos y al mismo tiempo aborda algunos de los grandes temas del ser humano. Su lectura requiere un acercamiento liberado de prejuicios, ofrecerle un tiempo sin atropellos ni mentales ni físicos para comprobar si entras o no entras en esta obra. Yo entré pero no es difícil entender que muchas otras personas no entren, y no es una cuestión de niveles de sensibilidad o de entendimiento, sino de diferentes vías de acceso que, por motivos de lo más diverso, se transitan.

Debes tener también en cuenta que la obra de Fosse está empapada de misticismo, más que de religiosidad, porque su expresión del catolicismo no es excluyente de otras formas de religiosidad. Lo digo porque si rechazas este espíritu trascendental, seguramente no te interese lo más mínimo.

Prosa salmódica como un oleaje

El estilo de la narración de Septología es cansina. Y entiéndaseme. Trata de imitar lo que es nuestro flujo de conciencia, el curso de nuestros pensamientos cuando tu cabeza está llena de ellos. Eso significa que no se expresa habitualmente con grandes metáforas, ni complicadas construcciones sintácticas. El estilo es repetitivo, minucioso, circular. Vuelve una y otra vez sobre las mismas ideas, las mismas reflexiones. A veces en torno a visitar a un vecino o irse a dormir a la cama en vez de hacerlo en un banco de la casa.

La prosa se dispone como un oleaje, el del fiordo; como el latido de un corazón cansado, el del propio personaje languideciente. Puedo intuir que por muy bien que esté traducido este libro, exige, mucho más que otros, ser leído en su lengua original para valorarlo en toda su magnitud. Fosse juega con las estructuras sintácticas, e imagino que con los golpes tonales y con el ritmo de las palabras, y eso es lo más complicado de conseguir en este tipo de traducciones.

Esta idea del oleaje me surgió sin saber de la existencia del libro de Virginia Woolf titulado Las olas, que juega con esa idea de los soliloquios como ondas de agua, y que descubro precisamente en una reseña de otra obra de Fosse en el magnífico canal de YouTube de Trotalibros. En esa reseña también se habla de otro autor en el que sí pensé durante la lectura de Septología. Karl Ove Knausgard, discípulo de Fosse, y cuya saga de Mi lucha debo decir que abandoné en el segundo libropor agotamiento. 

Creo que la diferencia fundamental en el caso de Fosse con respecto a Knausgard, o desde luego en Septología, es la trascendencia de la que he hablado más arriba. El protagonista es un pintor, Asle, del mismo modo que su autor es un escritor, y hay reflexiones sobre la obra artística como una necesidad de quien la crea. A través de la metáfora del arte pictórico, Fosse construye en Septología una poética propia.

Primero se refiere a los cuadros como imágenes que están en la cabeza del artista y este necesita borrarlas. 

A veces pienso que por eso me hice pintor, a causa de las imágenes que llevo dentro, son tantas que resultan un agobio, porque me agobian cuando reaparecen una y otra vez, casi como visiones, y en cualquier contexto, y no puedo hacer nada para impedirlo, lo único que puedo hacer es pintar, pintar para tratar de borrar las imágenes que se han agarrado a mí, nada más, borrar las una a una pintándolas, pero nunca pintando exactamente lo que he visto y se ha agarrado, no, eso lo he hecho muchas veces y en ese caso solo pinto lo que he visto y nada más, en ese caso me limito a doblar la imagen, digamos, y sale un mal cuadro, y tampoco me libro de la imagen que llevo dentro y que trato de borrar pintando, no, Pintar el cuadro de una manera que haga que la imagen que se me ha agarrado se disuelva y desaparezca, como si se convirtiera en una parte invisible y olvidada de mí mismo, de mi imagen propia, de la única imagen que yo soy y que tengo, porque de eso estoy seguro, solo tengo una imagen, una única imagen, y todas las demás imágenes, incluso las que veo y que se me agarran y soy incapaz de olvidar, tienen algo que se parece a la única imagen que llevo dentro, y no es nada que pueda verse, sino algo que está en lo que veo, que hace que se agarre a mí”

Más adelante habla de la luz que debe habitar los cuadros.

Nunca entrego un cuadro hasta que no lo he visto en oscuridad total, porque de alguna manera los ojos se acostumbran a la oscuridad, y veo si el cuadro luce, y dónde, y cómo, y siempre, siempre, es la oscuridad del cuadro lo que más luce, y pienso que quizá por eso Dios está más cerca en la desesperación, en la oscuridad, ahora bien, cómo entra en el cuadro esa luz que claramente pinto, eso no lo sé, y cómo surge, quién lo sabe, pero pienso que es bonito pensar que tal vez surgiera así, que surgiera cuando un bastardo, así lo llaman, nació en un establo un día de invierno, en la misma Nochebuena, y que entonces una estrella dirigió su luz fuerte y clara a la tierra, una luz de Dios”

Y que pintar es ver de nuevo, bajo un nuevo prisma.

Supongo que eso es justamente lo que intentas hacer cuando pintas, ver de nuevo algo que ya habías visto, ver algo como si lo vieras por primera vez, no, no sólo eso, sino que lo ves de nuevo y lo comprendes al mismo tiempo”

Habla de los cuadros como de algo que hace visible lo invisible.

Es imposible ponerle palabras a lo que dice un buen cuadro, y en el caso de mis cuadros lo más cercano que llega a decir es que se trata de una ausencia cercana, o de algo ausente que se encuentra cerca, en mis cuadros, es como si algo invisible se hiciera visible y al mismo tiempo siguiera siendo invisible, siguiera escondido, siguiera siendo un secreto, si es que puede decirse así, en cierto sentido mis cuadros hablan, y al mismo tiempo resulta imposible decir lo que dice el cuadro, porque es una manera callada de hablar”

En las partes finales de la obra, el protagonista se enreda con el pensamiento de que ya no tiene ganas de pintar y de que cuadros que parecen inacabados están tan acabados como pueden estarlo

Pienso de nuevo que no quiero seguir teniendo en la sala estos cuadros que creía que no estaban del todo acabados, porque en realidad sí están acabados, o tan acabados como pueden estarlo, tan acabados como pudo acabar los aquel que era yo, pienso, y pienso que no tengo ganas de pintar más, la sola idea de pintar me llena de rechazo y no sé qué será lo que ha cambiado en mí tan de pronto, porque antes no me quedaba más remedio que pintar, no solo para ganarme la vida, sino también para deshacerme de todas esas imágenes que se me agarran en la cabeza, pienso, y noto que las imágenes siguen ahí, en mi cabeza, pero también noto que está empalideciendo, y fundiéndose en una imagen lenta que no necesita y no debe y no puede ser pintada, pues sí, las imágenes se están fundiendo en un silencio, un apacible silencio, pienso, y siento que me embarga una especie de paz”

Precisamente una nueva luz sobre todo lo que ha escrito previamente es lo que afirma Fosse en esta entrevista sobre Septología. O sea, que aunque suene a cliché, la obra tiene algo de testamento literario.

Atención, spoiler. Este concepto de testamento cobra especial fuerza cuando comprendemos al final de Septología, en la última frase, que su protagonista, Asle, está muriendo y deja el Avemaría inacabado, et in hora mortis nostrae.

El catolicismo místico de Jon Fosse

El reportaje en forma de ensayo que Juan Arnau firmó en Babelia hace unos meses y del que hablo más arriba, titulado “Jon Fosse, la oración del fiordo” rezuma el espíritu de la Septología y, posiblemente, de todo Fosse. En ese texto, nacido de una visita de Arnau al escritor en su casa de Noruega, se lee:

La aldea, unas cuantas casas desperdigadas en una colina, se llama como él, Fosse, que significa cascada, torrente impetuoso. Se encuentra en una pequeña bahía del fiordo Hardanger, cerca de Strandebarm. El fiordo es el modo en que la tierra amortigua la furia del mar. Extiende sus tentáculos y filtra su impulso, transformando el indómito océano en remanso navegable, espejo de los prados y lugar apacible para la pesca y los juegos. La tierra hace con el fiordo lo que el escritor con las palabras. Apacigua el ímpetu de ese deseo voraz, inagotable, que llamamos naturaleza. Mediante las oraciones, el mar abierto de las emociones, sin rumbo aparente, adquiere sentido y pausa”

Y me gusta esa polisemia de la oración del fiordo, oración como estructura sintáctica y oración como plegaria. 

A partir sobre todo de la tercera parte de la obra, la trascendencia de Fosse tiene una expresión marcadamente religiosa. Asle se convirtió al catolicismo porque Ales, el amor de su vida, a quien conoció de joven y con la que se casó, era católica. También Jon Fosse se ha convertido al catolicismo. Pero el catolicismo que se reflexiona en Septología es un catolicismo muy particular, heterodoxo, que bebe del maestro Eckhart, al que cita en muchas ocasiones. Es un catolicismo que se considera una forma de aproximarse a Dios pero no la única. Un catolicismo que se abraza al ritual, especialmente al de la comunión. Un catolicismo que es también una motivación para dejar de beber alcohol. Leemos en la cuarta parte: “Cuando perdí el alcohol, la misa ocupó su lugar, porque algo hay que tener, digo yo”.

En Fosse el catolicismo y la creencia tiene algo de deber incómodo, que necesita un mundo de ficción para expresar su desazón. Porque esa es una de las misiones de la ficción, expresar ideas arriesgadas o que la moral imperante condena.

Ales y yo y vamos juntos a misa y en la eucaristía, que así la llaman, se sacrifican tanto Cristo como los que participan en ella, y se sacrifican juntos, puesto que se convierten en el cuerpo de Cristo mediante la hostia consagrada, que así la llaman, y así mueren por sus muertos cada vez que van a misa, y así resucitan con sus muertos cada vez que van a misa, decía Ales, y yo sentía que era verdad, bueno, que era real, pienso, y pienso que evidentemente, esta no es la única verdad, pero que aún así es una verdad, pienso, es casi como una lengua, como un lenguaje, porque todas las lenguas tienen acceso a su parte de la verdad, y las distintas religiones son distintas lenguas, o lenguajes, y todas pueden tener su verdad, y su falta de verdad, pienso, y es una tontería pensar que Dios es algo finito, algo limitado, algo de lo que se puede decir algo, decía Ales, y tenía razón, claro, pienso”

Entrar o no entrar en Fosse

Hay quienes no soportan el estilo de Fosse, consideran que es una prosa pobre, poco original, que lo de no poner puntos está muy visto, que lo que hace la forma es tapar la carencia de contenido. En Septología, hay un momento en que se habla de un crítico que considera que los cuadros de Asle son “demasiado ligeros, demasiado etéreos, demasiado místicos”. 

En otro momento, el galerista que organiza las exposiciones de Asle, casi hacia el final, le habla del talento y de que el artista debe crear sin importarle lo que digan otros, solo debe importarle aquellos que conectan con su obra.

Enfrentarme con este libro desafía mi propia forma de ser lector. A veces me domina un espíritu hipernarrativo, sustancial, que busca un contenido, una frondosidad en los personajes y en los universos, soy reluctante a cierta literatura elevada, hermética, quizá por el miedo a quedar fuera de algo que no entiendo o que no intuyo, o porque siento cierta animadversión por el esnobismo (aunque yo mismo lo soy muchas veces, son las contradicciones humanas). Con ese espíritu me acercaba a Fosse, pensando que no me gustaría, que no penetraría las fronteras entre mi sensibilidad y su obra. Especialmente teniendo en cuenta que leo últimamente con cierta avidez, con ansia. Pero mira qué curioso, en los últimos meses libros como Fortuna de Hernan Díaz o Lecciones de McEwan, que deberían ser más mi tipo de narrativa, me han dejado un pelín frío mientras que esta obra en la que a veces tienes sensación de estar viendo la conversación inane entre dos viejos o dos colegas en el banco del parque, me ha tocado.

En fin, podría hablar de cómo esta prosa mental dibuja los silencios quizá del mismo modo que Chillida dice que da forma al vacío. Podría profundizar en la fuerza del fiordo, en que casi parece que sentimos el frío, en la metáfora del agua que se cruza como viaje al más allá. En la Septología el estilo de Fosse y su propia biografía, la geografía escandinava o el misticismo son diferentes vectores que se entrecruzan y que pueden dar lugar a riquísimas conversaciones y profundas consideraciones, puede ser un paraíso para letraheridos y para intensos, para friquis de la literatura que disfrutan con bizantinismos. Septología es una de esas obras cuyo disfrute crece y crece en la reflexión sobre ella, en la comunicación a otros de lo vivido y acontecido en esa lectura.

Los ecos del fiordo me llegan ahora con más fuerza.

Share

Puede que también te guste...

5 respuestas

  1. Homero Gac dice:

    Muchas gracias por el análisis.
    Veremos que pasa con este libro.

  2. Angeles Pueyo dice:

    Muchas gracias. Me has ayudado a entender Septología mejor. Estoy totalmente de acuerdo contigo en todo.

  3. Carlos Dante dice:

    Hola, Agustín. Agradezco tu comentario porque en cierto sentido me ha servido de consuelo. He afrontado otras lecturas “trabajosas”, pero el estilo de Fosse al comienzo me hizo pasar por varios estados: desconcierto, impaciencia, confusión… hasta que su prosa me fue atrapando y empecé a comprender el “desdoblamiento”, la aparente despersonalización de su Yo (relator/personaje/protagonista) y a partir de entonces me dejé llevar. Es una de esas obras que nos dejan su impronta en la memoria para siempre. Un saludo muy cordial.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *